Este fin de semana era el primer finde que estaría de vacaciones, sin exámenes y solo en Madrid. Más que solo —que nunca creo haberlo estado— ha sido el primer fin de semana en el que todos estabais fuera y sin exámenes. Terminé el viernes a mediodía los exámenes, después de haber estado 2 meses puteado pensando constantemente "tengo que estudiar" y esa angustia constante.
Había terminado y tenía la típica sensación de "estoy de vacaciones y me la pela todo lo demás en este momento", así que ya estaba empezando a buscar planes para este primer finde crítico. Hacía ya dos días que Mar me había dicho que se iba a Valencia a ver a una amiga, así que no podía contar con ella. Pensaba llamar a Jorge después de una buena y merecida siesta y planear algo especial. Pero no fue necesario llamarle. Me mandó un mail diciéndome que se iba a ver a la familia a Zaragoza. Así que teníamos otra cruz en la lista.
Me dije: "no pasa nada, todavía hay gente". Por la tarde tuve que salir a poner al día mis obligaciones que había estado posponiendo meses. A media tarde se me ocurrió llamar a María para ver si le apetecía tomar algo. Pero resultó que ella también se iba de viaje. Volvía a su terruño para ver a su padres, con lo que no me pude encabronar. Ella me preguntó que por qué no me iba yo de viaje. Cosa que me hizo pensar mucho, pero ya me había hecho a la idea de salir por Madrid y eso de viajar solo no me atrae por mucho que les mole a los taraos de Ian Wright o Labordeta. No es lo mío. Estoy en una fase de plan "pequeño burgués".
Al final, como estaba hecho un trapo, tuve que autoconvencerme de que no importaba y que estaba mejor así. Podría descansar y hacer un montón de cosas que tenía pendiente.
Como hacía unos días que no había quedado con Bea le había mandado un mensaje para ver qué se contaba y si tenían planes me apuntaba. Así visto el mensaje ahora, sonó un poco en plan catastrofista y deseperado. Pero el caso es que Bea y David habían quedado para ir al teatro el sábado. Me gusta el teatro y me apatecía salir por mucho que mi estúpido consciente tratase de convencerme. Fuimos al Teatro Español a ver El Homenaje a los Malditos del grupo de La Zaranda. Y al final los malditos fuimos nosotros. Más que malditos, gilipollas. Porque menudo pestiño de obra.
Al principio me parecía rara, pero siempre tratas de pensar que se irá desarrollando y lo anterior tendrá una razón de ser. Bueno pues en este caso no. No había historia —o lo mismo si la había pero no fui capaz de sacarla—. De los personajes ni hablar. Bea y David se quedaban con la música, pero a mí tampoco me pareció gran cosa. Las localidades las habíamos pillado por 3€ —las cuales al final Bea nos invitó, gracias guapetona—así que el dolor y la humillación no fue a mayores. Apara añadirle jugo al asunto estuvimos como en una atracción de feria. Con las mismas 'amplitudes', las mismas barras de protección y las mismas señoras payasas que no se callan si no es con una buena patada en la boca. Ganado hay en todas partes.
Habían pasado ya treinta y cinco minutos desde que terminase —por fin— la obra, sin embargo David seguía echando espuma verde por la boca y rayos por los ojos. Bea y yo nos lo tomabamos como una experiencia más que hay que pasar en la vida. Lo que pasa es que ellos ya llevan dos, habiendo visto una obra representada por ciegos. Tuvo que ser toda una experiencia digna de blog a parte.
A todo esto estabamos buscando un sitio por el barrio de La Latina para cenar. Camino a, nos encontramos con un stencil de los que más me han gustado hasta ahora. Estaba en los alrededores de la Plaza Mayor, aunque el que vimos no tenía esa pintada de Gallardón [foto de Brocco Lee].
Después de,
—ver jugar como nunca y perder como siempre…
—ser la selección favorita…
—tener la mejor afición…
—o merecer ganar por nuestro juego superior…
a la selección española de baloncesto en el europeo contra Alemania, nos reunimos con el resto, Domi, Alfonso y Virginia que llegaría más tarde. Nos fuimos a cenar.Era un buen sitio. Buen ambiente. Buena música. Y acogedor. Pero si montas un negocio con jipis es lo que pasa. Que pides, y hasta hora y media después no te sirven. Lo curioso es que estabamos a escasos 20 centrímetros de la barra. En la sobremesa, estuvimos bebiendo vino, botella tras botella.
Supimos que había llegado el momento de marcharnos a otro sitio cuando nuestro principal tema de conversación fue niños muertos, cabras taiwanesas y demás necrofantasías interraciales que dejarían a Charles Manson como un lindo osito mimosón de suavizante.
Cuando íbamos camino de un sitio —no me pregunten cuál— vimos una gran puerta verde, que aparentaba ser un local. Tras la puerta verde encontramos un bar de copas que luego alguien describió como:
pub montado en los descansillos de la escalera de un portal
Y tenía toda la razón. Había escaleras que subían. Escaleras que bajaban. Y escaleras para pasar a otras escaleras. Al principio tenía su aquel el sitio. Había gente. Había música ochentera. Había guiris borrachas. Pero no sé exactamente en qué momento todo empezó a cambiar. Se quedó vacío. Pinchaban —sí, pinchaba y no veas cómo dolía— a Melendi, Bisbal y toda la panda de marionetas. Y no había guiris, y menos borrachas.Una vez más salimos en busca del garito perdido. Y después de muchas vueltas encontramos uno que estaba abierto hasta tarde. La pega, como siempre, había que pagar. Tampoco me pregunten el nombre del sitio porque no lo recuerdo. Este era amplio. Buena música. Y los zapatos de flamenco con clavos atravesados colgados del techo le daban ese toque kitsch. Además nos agenciamos nuestra mesita y nuestros copazos, ha divagar comodamente sobre el destino del niño muerto y su cabra.
Un rato más tarde —o tal vez dos ratos más tarde— Domi, Virginia y Alfonso levantaron la patita y dijeron adiós. Se marchan a casa. Es la prueba definitiva para saber quién es élite y quién no. David llevaba un rato queriendo irse a bailar a la pista, así que fuimos a demostrarles lo que realmente sabíamos hacer. El mono.
A nuestro lado teníamos ni más ni menos que a una chica genuínamente crumbiana. Otra pena no llevar una cámara encima.
Cuarto de hora más tarde, y diez minutos después de juguetear con las luces y las bolas de espejo decidimos que ya había sido suficiente por esa noche. Una de esas noches en las que no paras de hablar y beber con los amigos. Una de esas noches que no buscas pero de las que necesitas en momentos así. Una buena noche.